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Habey Hechavarria PradoHabey Hechavarría (La Habana, 1969).

Teatrólogo, profesor, padre de familia, humanista. Licenciado en Artes Escénicas, por Instituto Superior de Arte (Cuba). Master en Ciencia, por Nova Southeastern University (USA).

Habey Hechavarría - www.TeatroenMiami.com  

Algunas problemáticas universales y urgentes en las sociedades iberoamericanas, debido al impacto en el ámbito del sur del Estado de Florida, demuestran que ciertas contingencias del mundo hispano e hispánico no son extrañas en el territorio estadounidense como gran espacio intercultural. Y a la inversa, la galería teatral que ha mostrado el Festival reafirma que el proceso de hispanización de los Estados Unidos, aún entre la aceptación y el rechazo, tiene doble vía. Cuando la mirada de América impacta en las propuestas latinas, a través del ambiente sociocultural de la ciudad, la organización del evento y el contacto con el público y la gente, la propia dinámica del hecho teatral, también influyen sobre las obras y sus creadores. Así el teatro recupera todo su sentido y trascendencia. Y así también entiendo la aclamación con que fueran recibidos los dos últimos espectáculos de esta XXXI edición.

09El puerto de los cristales rotos

            Único estreno mundial en el evento, El puerto de los cristales rotos procede de la autoría dramatúrgica y la dirección de Mario Ernesto Sánchez, también director general de la compañía Teatro Avante bajo cuya égida aparece la obra, y director-fundador del Festival. A diferencia de la mayoría de los espectáculos en cartelera, Sánchez apostó por una representación de gran formato visual que ocupa todo el escenario. Allí destacó la concepción escénica integral en los diseños de Jorge Noa y Pedro Balmaseda, quienes, en cuanto al vestuario, la utilería, así como la visualidad y utilidad escenográfica, propusieron otro empeño artístico para recordar. En este caso, lograron la sugerencia del barco trasatlántico que centra la historia en acción, tiempo y espacio. Tal enormidad escenográfica, unida a la banda sonora con música original de Mike Porcel, los recursos cinematográficos y a la imponente referencia histórica del asunto, amasaron un discurso atípico en nuestro contexto donde predomina el teatro de pequeño formato. Dicha impronta épica, apropiada para el asunto dramático, derivó, en manos del director, hacia una teatralidad de lo épico. O mejor, produjo el ensamble épico de una teatralidad de evocación realista, no brechtiana.

 

            El texto dramático, escrito por Patricia Suárez y el director, se inspiró en un hecho histórico ocurrido hace casi 70 años. En 1938, el barco MS. St. Louis, repleto de refugiados judíos que huían del ascenso brutal del nazismo en Europa, se dirige a la isla de Cuba con toda esperanza y la documentación en regla. Pero un tecnicismo migratorio sirvió de excusa para que el gobierno de la época les impidiera entrar robándoles el dinero invertido. La misma negativa recibieron del gobierno de los Estados Unidos. Al final, la embarcación tuvo que regresar a Europa donde le esperaba a la tripulación la cara más horrible de la conducta humana. Sin embargo, la minuciosa crueldad de la política nacionalsocialista no hubiera caído sobre estas más de 900 personas sin el contubernio de gobiernos y políticos del hemisferio occidental que no fueron menos crueles que las hordas de Hitler. Esta mancha histórica, que sin dudas merece análisis más pormenorizados, presentan dos evidentes lecturas críticas hacia el presente y el futuro en torno a cuestiones polémicas referidas al trato a los inmigrantes o exiliados, y a los mecanismos de exclusión y exterminio que todavía nos permitimos, hoy también bajo tecnicismos legales o ideológicos.

            La notable pertinencia de El puerto de los cristales rotos, en su tensión entre épica y drama, refuerza su sentido trágico con un título que alude a la sanguinaria “Noche de los cristales rotos”, cuando tropas fascistas alemanas se permitieron destruir y asesinar numerosas propiedades y personas judías en una sola noche. El terror del argumento, sin embargo, fue horadado por historias de amor, amistad y hasta de altruismo que enfrentaron aún dentro de la embarcación en curso las enconadas luchas de la sociedad en tierra. Los actores, de alguna manera, parecían hojas menudas en medio de la enorme escenificación y de las turbulencia y azares de la historia. Vidas entrecortadas, sueños deshechos como cristales, rasgos de miseria y heroísmo humanos, concertaron una propuesta que merecería retomarse fuera del evento, e incluso fuera de la ciudad, para repensar y articular la magnitud del asunto, el desafío técnico de los lenguajes escénicos usados en clave mayúscula y la trascendencia contemporánea de una de las propuestas teatrales miamenses más inquietantes en lo que va de año.

10El sistema solar

            Drama naturalista-simbolista con un empaque retro-contemporáneo, la obra peruana tributa entusiastamente a la construcción de las de obras Ibsen, Chejov y Strindberg. Mas, lo que pudo ser una repetición inútil resultó un guiño transvanvanguardista que la autora y directora Mariana de Althaus empleó para enlazar la tradición moderna y el presente post-Posmoderno. La propuesta de teatro arena que permitió este abrazo de estéticas tuvo el signo favorable de la metáfora bien empleada en el texto y en su representación. Dicha eficacia tropológica y la propia eficacia narrativa de aquellos discursos, benefició a un material con depurados niveles psicológicos, sociales y poéticos para delicia del público. Solo por esto, El sistema solar sería inolvidable. Pero hubo más.

            Pues el gran reto de emplear estas estrategias estéticas radicó en que los actores comprendieron una lógica artística mal asumida por el cine actual pero casi olvidada en el teatro de los tiempos que corren. En especial, debió ser más complejo debido a la concepción de riguroso verismo y a que los espectadores nos sentamos a una corta distancia. Por tanto, los cinco actores del espectáculo se esforzaron para que el artificio de lo teatral quedara atrapado en los márgenes de un juego, donde la veracidad del hecho performativo propició una suerte de pacto tácito desde el compromiso y la lealtad de los participantes. Vale preguntarse si un principio semejante animó los esfuerzos de los directores Antoine, Lugné-Poe, Stanislavsky al dirigirse a sus espectadores.

            El público que asistió a las funciones en la sala Black Box del Miami-Dade County Auditrorium debió percibir que, bajo la intensa fábula familiar de destrucción y reconstrucción, reptó una doble línea emocional que incluyó las pasiones de los personajes y el pathos dramático del relato. Atrapados por el fluido pasional, los personajes de una historia de odios y amores viscerales, en principio, lineal y sencilla, les permitieron a los actores ahondar en los vericuetos del cuerpo y el alma hasta forjar documentos de humanidad que hubieran interesado al Zolá narrador, dramaturgo y teórico del teatro. Incluso el niño, que simboliza la tercera generación familiar respecto al pater familias y a sus hijos, dota a la historia, ubicada en una noche de Navidad, de un sabor ingenuo, cómico y grave que presagia una tragedia que al final no ocurre. Porque la autora escogió una dramaturgia del dato escondido que, mediante sorpresas y revelaciones, mueve la trama coherentemente. Mientras tanto, la directora valoró el espacio y los objetos dotándolos de un halo simbolista que quizá hubiera satisfecho a Maeterlinck.

La vida y la muerte, la paternidad disfuncional que quiere enmendarse, el dolor y la frustración de los hijos, la ausencia de la madre, los amores y los celos, la cena navideña fracasada, la familia desecha al modo de un sistema solar en caos y la redención del sufrimiento como posibilidad y esperanza, fueron atrapados en las clásicas unidades de acción, tiempo y espacio, gracias al planteamiento escenográfico realista, a la música emotiva y recurrente, al poder simbólico de la palabra, las figuras y los acontecimientos.

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