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waldo bioWaldo González López (Las Tunas, Cuba, 1946)

Poeta, ensayista crítico teatral y literario, periodista cultural. Graduado en la Escuela Nacional de Teatro (ENAT) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana (Universidad de La Habana). Autor de 20 poemarios,  6 libros de ensayo y crítica literaria, varias antologías de poesía y teatro. Desde su arribo a Miami (2011), ha sido ponente y jurado en eventos teatrales y literarios internacionales. Merecedor de 3er. Premio de Poesía en el X Concurso “Lincoln-Martí” 2012. Colaborador de las webs: teatroenmiami.com (Miami) y Encuentro de la Cultura Cubana (España), Boletín de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (New York), y los blogs OtroLunes (Alemania), Palabra Abierta (California), Gaspar. El Lugareño, y el diario digital El Correo de Cuba (ambos en Miami).

carlos fuentes portada

Por Waldo González López – www.TeatroenMiami.com

En  su libro de cuentos Inquieta compañía (Alfaguara, México, 2004), el gran narrador, notable ensayista y crítico, una de las figuras clave del Boom latinoamericano, surgido en los ‘60s del siglo pasado: Carlos Fuentes (Panamá, nov.1928-Ciudad de México, 15/may.2012) demostró su amor por la escena, al encabezar los seis relatos que integran este valioso volumen con uno de los más logrados: «El amante del teatro», donde tributa su particular homenaje a las tablas y en el que muestra, además, su conocimiento de la materia que aborda con brillantez, tal enseguida trataré de demostrar.

   Dividido en ocho capitulillos y dedicado al relevante dramaturgo, actor, guionista, historiador, ensayista y poeta inglés Harold Pinter (1930-2008), merecedor del Premio Nobel de Literatura 2005, y a la relevante historiadora, angloirlandesa, autora de biografías y de novelas detectivescas, Antonia Fraser (1932), aquí Carlos Fuentes evidencia su alto nivel histórico y teórico de la escena mundial y, en particular, de la londinense, al revelar, en su excelente relato de corte policiaco-teatral, el apasionado amor de su personaje Larry O’Shea —también azteca, descendiente de angloirlandeses emigrados a América desde el siglo XIX— por la escena y, a un tiempo, por su vecina, a la que, tras descubrirla, observa y vigila tal un mirón —como el personaje homónimo de la novela Le voyeur, del narrador de la nouvelle vague y cineasta francés Alain Robbe-Grillet (1922-2008)—, a través de su ventana, hasta que descubre que su amor —«Mi ninfa» la llama— es una actriz por él desconocida que interpreta la hamletiana Ofelia, de Shakespeare en un teatro británico.

   Llegado a los 24 años a Gran Bretaña con una beca y la ilusión de que en la patria de tantos grandes dramaturgos devendría alguien en el cine, el peculiar soñador Larry, tras concluir sus estudios, logra un trabajo, consistente en seguir las indicaciones de un director para asegurar la fluidez narrativa y la perfección técnica de los filmes. En los años del relato, inicios del 2000, siete años más tarde, con 33 años, constata que la implacable competencia en el mundo del cine y la televisión hace muy difícil su viejo sueño de alcanzar un puesto importante en ese complejo mundo.           

   Quizas por ello, aburrido de su monótona labor, declara: «nueve horas pegado a la AVID, por la misma razón evito ir al cine». Mas, asimismo se autoconfiesa en su monólogo teatral —que tal es este excelente relato—, un pertinaz amante de la escena y dice:

De allí también —estoy poniendo todas mis cartas sobre la mesa, curioso lector, no  quiero sorprender a nadie más de lo que me he engañado y sorprendido a mí mismo— mi preferencia por el teatro. No hay otra ciudad en el mundo que ofrezca la cantidad y calidad del teatro londinense. […] La escena me proporciona la distancia viva que requiere mi espíritu (que exigen mis ojos). Estoy allí pero me separa de la escena la ilusión misma. Soy la “cuarta pared” del escenario. La actuación es en vivo. Un actor de teatro me libera de la esclavitud de la imagen filmada, intangible, siempre la misma, editada, cortada, recortada e incluso eliminada, pero siempre la misma. En cambio, no hay dos representaciones teatrales idénticas.  A veces repito cuatro veces una representación solo para anotar las diferencias, grandes o pequeñas, de la actuación. Aun no encuentro un actor que no varíe día con día la interpretación. La afina. La perfecciona. La transforma. La disminuye porque ya se aburrió.  

     Tal seguramente ya se ha percatado el ciberlector, Fuentes evidencia su dominio del duro laboreo del actor, en tanto demuestra ser un connoiseur de la dramaturgia esencial que ocupa las  carteleras de los años en que ubica su cuento. O sea, la vida escénica en el Londres que —también y tan bien— conoce, de tal suerte que menciona al canon shakesperiano, como a Ibsen, Strindberg, Chejov, O’Neill y Miller, Pinter y Stoppard, de los que dice Larry:

Ellos son mi vida personal, la más intensa, fuera del tedio oficinesco. Ellos me eleven, nutren, emocionan. Ellos me hacen creer que no vivo en balde. Regreso del teatro a mi pequeño apartamento —salón, recámara, baño, cocina— con la sensación de haber vivido intensamente a través de Electra o Coriolano, de Willy Loman o la señorita Julia, sin necesidad de otra compañía.

  

   Mas, todo cambia cuando, un buen día, aparece en el apartamento frente al suyo la que será, desde ese momento, su idílica amada, que «no tendría más de 25 años».

   A partir de ese mágico momento, confiesa que en enseguida supo que ya jamás dejaría su atalaya en la ventana y añade: «Habría interrupciones. Accidentes, quizás. Sí, azares imprevisibles, pero nunca más fuertes que la necesidad nacida instantáneamente como compañera de la fortuna de haberla descubierto.»

   Pero su amor es tal, que pide en su trabajo una licencia por enfermedad, concedida por un mes, a cambio de un certificado médico. Entonces, su pasión amorosa llegará a su clímax, aunque se conformará con verla desde la ventana, pues no querrá romper «la ilusión de esa belleza intocable». Y deja de ir al trabajo y al teatro. Pasa jornadas frente a su ventana abierta esperando la aparición de su amada en la suya.

   Otra etapa ocupará al desatinado amante, quien con sus asiduas fabulaciones llenará sus trabajos y sus días —tal un nuevo Hesíodo— hasta nombrarla sotto voce «Mi amor», si bien se trata de una vida joven como la del pretendido cineasta, carente de afecto, «sin relación sexual femenina o masculina, pero también sin sustitutos fáciles —pornografía, onanismo— que me rebajasen ante mí mismo […]»

   Mas, ante tales carencias, valora su amor por el teatro que

era mi catarsis no solo emocional sino sexual […] Mediante la emoción escénica ascendía de mi sexo a mi plexo y de allí a mi corazón batiente solo para instalarse como una reina en mi cabeza […] ya no de espectador sino de actor a la orilla del escenario, viviendo la emoción del teatro como un participante indispensable. La audiencia. Yo era el público de la obra. Sin mi presencia, la obra tendría lugar ante un teatro vacío.      

     

   Mas, los días se sucedían unos tras otros «y nada agotaba el manantial de mi deseo. La mujer, para ser mía (de mi deseo), me era vedada.» Su nivel de enajenación es tal, que «la salud mental me ordenaba que pusiese detrás de mí la enfermiza obsesión que me mantuvo casi un mes pegado a la ventana.» Y para hallar la calma, decide regresar a su rutina laboral como a su deleite: de nuevo visionar y disfrutar el teatro. Así, «ahora, a medida que se disipaba mi obsesión amorosa, regresó con ímpetu acrecentado mi deseo de sentarme en un platea y elevarme a ese cielo del verbo y de la imaginación que es la obra teatral». 

   Y regresa al disfrute de autores clásicos (Ibsen y Strindberg, Corneille, Pirandello y Camus), como de grandes directores e intérpretes. Mas, tras asistir al anunciado estreno de su amado clásico shakesperiano Hamlet, descubre en el papel de Ofelia a su amada vecina, pues no la conocía y, en consecuencia, no sabía su nombre, al margen de que el director era una conocidísima figura de las tablas londinenses: Peter Massey, quien —como suele suceder en algunos de tales monstruos— pleno de arrogancia y pedantería (Fuentes lo llama: «caprichoso, vanidoso y cruel director») no permitía poner en cartelera, ni siquiera en los programas de mano, los nombres del resto del elenco, ya que solo podía aparecer el suyo como artista total, olvidando que el teatro es un arte colectivo, pues en escena necesita de los otros, salvo que sea un monólogo y, aun así, requiere del equipo técnico (luminotécnico, sonidista o musicalizador, maquillista…).

   Pero su obsesión por la joven aumenta aun más, por lo que decide asistir durante varias noches a disfrutar/amar/desear a la muchacha. De tal suerte, de nuevo fabula:

ella sabía que yo la miraba, pero no podía admitirlo sin arruinar su propia distancia de actriz, destruyendo la ilusión escénica. Fui su perfecto conejillo de Indias. ¡De Indias! Mis mexicanísimos complejos de inferioridad salieron a borbotones, acompañados de una decisión. Regresaría al teatro […] Vería con atención y respeto la actuación de Ofelia. Y solo entonces […] decidiría qué hacer. Purgarme de ella, asimilarla como lo que era, una actriz profesional. O ir, esta vez a tocar a su camerino, presentándome: —Soy su vecino. ¿Se acuerda?

  

   Mas, de improviso, Fuentes comienza a incluir breves bocadillos del Hamlet original, dando mayor veracidad a lo que podría definir como un cuento dentro del teatro o, quizás mejor: teatro dentro del cuento, logrando una pieza de aliento poco común, ya que no existe otro relato parecido en la narrativa del Boom latinoamericano ni posterior a este movimiento. O al menos, el crítico no lo conoce.

   La enajenación de Larry O’Shea llega a tal punto, que una noche, durante una de las funciones a que asiste repetidamente, se ha introducido tanto en el texto de la pieza y en el de «su» Ofelia, que monologa el celoso y ya orate protagónico:

este Hamlet le habla a mi Ofelia como si el verdadero fantasma de la obra fuese ella, da por sentadas sus preguntas y respuestas, solo él se deja escuchar, ella mueve los labios en silencio, exactamente como lo hacía frente a mi ventana y él perora sin cesar, encimando sus palabras al silencio de mi Ofelia […]  

  

   Mas, ya en su apartamento, el iracundo celoso continúa su delirante pensamiento, autopreguntándose: «El silencio de Ofelia ¿era solo un capricho del director? ¿Massey da por descontado que todos conocen el parlamento de Ofelia? ¡Y ella, en verdad, dice tan poco en la obra!»

   Poco después, continúa su duda llamémosla cognitiva, ya que no obstante su creciente locura, evidencia no solo que conoce a pie juntillas la obra, sino que demuestra inteligencia, rasgo de no pocos orates que han devenido tales, justamente por su cultura y pensamiento (el mejor ejemplo es el Quijote, enajenado por la lectura de tantas novelas de caballería): 

El silencio era, desde siempre, la locura de Ofelia. Sus actos debían revelar sus palabras, pues estas no eran más que pensamientos verbalizados y un pensamiento no necesita decirse para entenderse. Empecé a escuchar músicas, campanas dentro de mi cabeza, seguro de que lo mismo le pasaba a Ofelia ¡Ofelia era el fantasma de Hamlet! ¡Su doble femenino! Me incorporé bruscamente y grité:

   —¡Ofelia! ¡Canta!

   Las voces del público me acallaron con irritación violenta.  

  […]  

  Abrumado, abochornado, atarantado, abandoné el teatro. Solo me quedaba una función. La de mañana.     

   Ahora en la representación del quinto día, ocupaba butaca de primera fila. Concentré mi atención, mi mirada, mi repetición en silencio de las palabras robadas a Ofelia hasta llegar a la escena de la locura.

   Entonces ocurrió el milagro.

   […]

   Ofelia me miró directamente a los ojos. Yo estaba, digo, en primera fila. Quizás, todas las noches, Ofelia decía adiós de esta manera, seleccionado a un espectador para imprimir sobre una sola persona del público todo el horror de su locura.

   En el capitulillo 6, Larry aclara que lo que realmente le interesaba del teatro (que confiesa estudiaría durante un tiempo con el profesor de Cambridge Stephen Boldy) era explorarlo como espacio, precisamente vacío, sin público ni representación.

   Y llegaría la última función, que vería de pie y desde el tercer piso, desde donde la sorpresa mayor esperaba al atónito Larry, quien, asombrado, vería abrirse un espacio en la fosa de orquesta:

Era un río dentro del teatro y el cadáver de Ofelia pasó flotando, acompañada por las flores de la muerte […] Ofelia semejante a una sirena que se hunde bajo el peso del légamo… En ese instante quise saltar de mi butaca al escenario para salvar a mi amada, rescatar a Ofelia de su muerte por agua, abrazarla, besarla, devolverle su aliento fugitivo con el mío desesperado, empaparme con ella, darme cuenta de que era cierto, Ofelia estaba muerta, ahogada. Había muerto esa noche de la representación final.    

   

  inquieta compañia Carlos Fuentes Otra vez, Fuentes, memorioso de sus conocimientos escénicos,  en voz de Larry, apunta: «La ilusión teatral era eso. Espejismo, engaño, fantasma de sí misma.»

   En el capitulillo siete, otro personaje sin nombre (¿quizás Fuentes, omnímondo narrador?) niega el suceso de la víspera con Ofelia y su cadáver flotando, que a este crítico le evoca una imagen surrealista del clásico filme de Buñuel y Dalí Un chien andalou (Un perro andaluz) de 1929.

   Como asimismo niega que

ese ser desquiciado que gritaba […] sacase del agua en medio de la conmoción del auditorio y la parálisis incrédula de los actores —Claudio y Laertes—. Como tampoco es cierto que mientras ese loco cargaba a Ofelia ahogada, de entre bambalinas surgió Hamlet, el Príncipe de Dinamarca, el símbolo oscuro de la duda, despojado esta vez de toda incertidumbre, blandiendo el puñal desnudo del monólogo, levantando el brazo, hundiéndoselo al trastornado extranjero —pues no era británico, obviamente— en la espalda.    

Ofelia y el extraño cayeron juntos sobre el tablado.

Se dice que la obra continuó como si nada. El público estaba tan acostumbrado a la originalidad de Peter Massey. Un espectador que en realidad era un actor no mencionado en el reparto —todos sabían que Massey solo se daba crédito a sí mismo— salió a rescatar el cadáver de Ofelia, recibiendo —¿el actor imprevisto, el intruso?— el puñal en la espalda.

   En el capitulillo 8 —el más breve— el lector ¿sabrá al fin qué sucedió a Ofelia la infortunada noche de la tragedia shakesperiana? Quizás, pues la voz del propio orate Larry, contará, en apenas pocos párrafos que, tras llegar a su apartamento esa noche, tomó un florero de Talavera, enviado por su madre como regalo de cumpleaños desde su natal México y, con ternura, tomó un tallo largo de la flor de aciano, única prueba de la existencia de Ofelia. Y, al final, concluye, con un no menos clásico final de relato policíaco:

Me senté a contemplarla.

No quería que pasara un minuto sin que la flor me acompañara, de aquí el terrible momento de su propia muerte. Pues la flor de Ofelia prolongaba la vida de Ofelia.

La miré, fresca, azul, bella, esa noche y la siguiente.

Llevo meses mirándola.

La flor no se marchita.

   En fin, con su magistral cuento «El amante del teatro», Carlos Fuentes corroboraría su conocimiento de la escena inglesa y europea, como su altísima calidad literaria, comprobable a lo largo de su extensa e intensa creación narrativa y ensayística, por la que merecería diversos lauros.

   De ahí que sea considerado con razón uno de los grandes escritores hispanoamericanos de todos los tiempos.

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